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Sergio Muro
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Universidad San Jorge

Sergio Muro

«Los demonios de un ángel» (o viceversa)

Ya escribí en 2015 para la exposición “Rolling Thunder” de Sergio Muro en la Sala Bantierra una reflexión paradójica, contraponiendo el desbordante afán provocador de su faceta artística con su entrañable bonhomía: Sergio es una de las mejores personas que conozco (lo decía entonces, y lo repito ahora).

Estos contrastes los había detectado previamente con ojo infalible Ángel Azpeitia en noviembre de 1998, al reseñar una exposición suya en la Sala de la Facultad de Filosofía y Letras: “Tiene gancho, frescura en el decir y no le falta meollo. A primera vista lo entroncamos con Art Brut, tanto en el sentido de lo espontáneo –según entendieron Dubuffet y sus seguidores–, como el de cierta rudeza y carácter menos lógico que intuitivo.” (recogido en Ángel Azpeitia:  Exposiciones de arte actual en Zaragoza. Reseñas escogidas, 1962-2012, Zaragoza, PUZ, 2013, p. 636).

Esta mezcla de rudeza campechana y vanguardismo artístico resulta en nuestro protagonista siempre fascinante y misteriosa, como en el cuento del Dr. Jekyll y Mr. Hyde. Por eso son tan electrizantes sus pinturas y performances. Da un poco de miedo asomarse en el IAACC Pablo Serrano a las simas de su caldeado mundo interior, que habitualmente enmascara su eterna sonrisa. Para mí Sergio Muro ha sido siempre un pozo de sorpresas, como cuando descubrí que además de artista era un excelente corredor y organizador de carreras pedestres.

Y hace poco nos ha sorprendido a todos comisariando una originalísima exposición sobre Jardiel Poncela en el Centro de Historias, que ahora está triunfando en el Instituto Cervantes de Madrid (su profuso y desenfadado montaje le hubiera encantado al homenajeado, quien por lo visto también era un hombre de risa fácil y poliédrica personalidad). ¿Qué no será capaz de hacer este hombre polifacético?

Yo sueño ya con verlo convertido en un entrañable viejecito pillín, como los de Les Luthiers, porque entonces su rebeldía estará ya más domesticada, y nos podremos acercar sin temor a deleitarnos con los rescoldos de sus estridencias cromáticas o con su innegable buena mano para el dibujo. ¿No le pasó algo así a Matisse, de joven tan rabiosamente fauve hasta que poco a poco su saña quedó domada? Pero también está el caso contrario de Goya, que nunca dejó de sorprender a propios y extraños aun siendo octogenario. En todo caso, lo que esta exposición aquí y ahora demuestra es una energía sobreabundante para seguir batallando, esta vez con refuerzos, secundado por algunos amigos no menos bravos y dispuestos a dar la nota. Entren al museo con precaución, pues en el momento más inesperado puede saltar alguna fiera…

Jesús Pedro Lorente.